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LOS FANTASMAS DE PAITA


(De la novela homónima e inédita de Yanko Durán)



Las naves que viajaban de Panamá al Callao por el Pacífico solían descargar en el puerto peruano de Paita, en Piura, las mercancías perecederas, las cuales irían luego por tierra a Lima. 
 La villa de Paita era una calle larga, con ranchos de caña a uno y otro lado, habitados mayormente por indios y mestizos, coincidían las antiguas crónicas.

Como el portezuelo le debía su incuria se vengaba con los olores de todos los mares que se le juntaban en los anocheceres borrascosos. Siguiendo un ciclo irregular (pero rencoroso), una brisa áspera, acuchillante, soplaba obstinadamente desde las olas y arrastraba el acre olor a fétido matadero que habitaba el aire de la bahía y que nacía en los barcos balleneros adormilados sobre las aguas entre el desafinado chillar de la nube de gaviotas, sucias de espuma.     

  ...Una niebla oscura, hosca, sopló desde el peñascoso sendero que iniciaba la entrada al villorrio esa fría tarde de finales de octubre de 1843, como acompañando a un hombre algo obeso y medio patizambo que se dirigió ágilmente hacia una de las chozas, luego de detenerse un momento a indagar algo en una que hacía esquina en la frontera entre pueblo y mar. 
Vestía una gastada levita color lava y una capa de paño negro; usaba un roído sombrero de cogollo (por debajo del cual se veía su largo cabello cenizo) y encima de éste unos gruesos espejuelos. Traía en bandolera un viejo saco de viaje hecho de cocuiza. Andaría en los setenta y pico de años, pero se le percibía vital y entero. Se detuvo delante de la ulcerada puerta de latón de una vivienda de exterior miserable y golpeó tres veces.
 Adentro se oyeron ladridos y gruñidos y rumor de toses humanas y casi enseguida una negra vieja y gorda abrió la hoja de metal y le interrogó con los ojos y él detalló (por hábito de vida) la pobre vestimenta, el pañuelo floreado anudado en la cabeza, las manos huérfanas de joyas.
 —¿Quién es...? —retumbó desde el interior un tono de mujer. El alboroto de los muchos canes era ensordecedor. La negra puso sobre sus labios el dedo índice mientras la perezosa voz reclamó otra vez desde allá—: Jonatás, ¿quién es...?
  —Un señor, patronita —alzó el tono, chillón, la esclava, y agregó, con pícaro acento—: Un conocido suyo.
   —Pues hazle pasar, mujer. Y acalla a esos muérganos —ordenó la voz, con amabilidad. 
   La nombrada Jonatás le hizo otro guiño de complicidad al visitante y él asintió, sonriente.    
  Mientras seguía a la rolliza criada (que hacía esfuerzos por aplacar a los perros con severos chistidos), se quitó el sombrero.
  La vivienda era de un solo piso. Un corto y estrecho corredor de tierra provisto de sencilla baranda de madera daba acceso a la sala. De un vistazo el viejo inspeccionó la estancia; dos puertas desvencijadas daban una al retrete y la otra al único dormitorio; una enorme ventana desencajada miraba hacia el mar. El mobiliario era escaso y gastado: un banco de roble con cojines forrados en lienzo; una mesa (reclinada contra una pared) cuajada de libros, papeles, plumas y tinteros, ollas, botellas... Algunas silletas de estera, muy deterioradas, dormían recostadas contra otra pared; al fondo, un tosco armario de madera con platos y útiles de comedor, y colgada en un rincón una colorida hamaca tropical. De las paredes pendían seis dibujos a creyón (enmarcados burdamente) de otros tantos perros falderos de distintas razas, todos ellos famélicos e innobles, retratos fieles de los vivos (que no acallaban su algazara aún). En la pared frontal a la puerta se veía una vieja pintura de Simón Bolívar en uniforme de General-Presidente. 
  Como una visión de aquellas que provocaban los sopores de los viajes por las tierras de la América sureña, el andarín contempló, sentada en una ancha silla de cuero con ruedas, a una mujer enfrascada en las piruetas monocordes del bordado, con aire adormilado y un grueso tabaco apagado en la boca.
 Vestía una sencilla falda clara (cuyo ruedo mordisqueaba el piso semiterroso), una blusa gris y un abrigo viejo y negro para el frío paitense. La cabeza estaba bastante encanecida; toda la figura era muy abundante de carnes, pero cuando levantó el rostro mofletudo, el hombre notó que los ojos eran aún fulgurantes, negrísimos.
 Jonatás chistó otra vez, enérgica, y la bullanga de los canes se aquietó.
 Entonces, Manuela Sáenz (pues ella era) alzó el todavía interesante rostro hacia el visitante.
 Se produjo un instante de expectación.  
El caminante, que en todos sus ya extensos calendarios en raras ocasiones había titubeado, esta vez, inseguro de su siguiente acción (a pesar de haber tratado con Reyes y Ministros en numerosas oportunidades), sin saber qué tratamiento darle a la que sabía dueña de casa, colocó el sombrero, la capa y los lentes sobre la mesa y esperó, acariciándose el mentón.
 Ella lo miró. Se miraron.          
 Manuela no lo reconoció en el primer momento, pero con previsora sensatez fue dejando muy lentamente la labor a un lado, aguzando la vista. El gutural saludo de su visitante la sobresaltó:
   —Buenas tardes.
   Escrutándolo, sintiendo venir los recuerdos, muy turbada, acertó a contestar:
   —Buenas tardes, Don...
  Pero un gozoso y repentino grito de ahogada emoción la desbordó y la hizo incorporarse, aunque con dificultad:
  —¡Por San Jorge y los Dragones, esto no puede ser verdad!
  Él sonrió, mordaz:
  —¡Desgraciadamente sí, buena señora!
 —¡Don Samuel, dichosos los ojos! ¡Qué sorpresa más buena! —se carcajeó ella— ¡Don Samuel Róbinson en persona, carajo, viva la vida!
 —¡Permítame darle un abrazo, mi siempre bella señora Manuela Sáenz, la mujer más titánica de todas las Américas, pésele a quien le pese! —secundó él.
 Se abrazaron como dos solitarios que al final de la vida reconocen cada uno la persistencia y la tenacidad del otro ante la adversidad.
  Ella señaló a la negra:    
  —¿Se acuerda de Jonatás?
 —¿Cómo no? —sonrió—; ¡es mi actriz-imitadora favorita! —y la abrazó igual, asintiendo con la cabeza.
  Rieron los tres, contentos del encuentro.
 Jonatás, que en verdad era muy buena remedando los gestos de personajes importantes y hablando como ellos, circuló hacia el rincón que formaba la cocina, hecha una pascua e imitando el señorial caminar de su señora antes de que quedara lisiada.
 Las dos leyendas vivas de la epopeya Sudamericana por la Independencia (por ser las dos personas que más cerca estuvieron siempre del corazón del héroe que conjugó coraje y sacrificio en un solo verbo nuevo para la América Hispana) siguieron riendo, alborozados, conversando, como sabedores de ser dueños de una verdad que les atañía únicamente a ellos dos por derecho secreto, por sacrificio de entrega. 
  El viejo (que se llamaba Simón Narciso de Jesús Carreño Rodríguez), caraqueño y niño expósito, desde su participación en la conjura de Manuel Gual y José María España para acabar con los groseros e injustos privilegios de clase que imponían los venidos de la  Península en contra de los criollos, allá por 1797, ocasión cuando tuvo que salir huyendo de Caracas con la premura que el caso imponía, usó indistintamente los nombres de Simón Rodríguez y Samuel Róbinson a lo ancho y largo de su extensa y azarosa vida, y hubo de desempeñar oficios tan disímiles como los de químico, pulpero, naturalista, politólogo, agrimensor, mineralogista, fabricante de velas y jabones, y, desde luego, su afición más querida, su vocación más visceral: Maestro de Escuela.
  Sin quitarle la mirada a la mujer que jamás dejó de admirar por su templanza y autenticidad se sentó frente a ella y siguió contándole chistes colorados.
  La negra Jonatás trajo una bandeja sobre la cual humeaba una jarra escoltada por dos tazas. La colocó en la mesa y luego, con una discreta inclinación, se retiró hacia la pieza. Manuela Sáenz estaba incontenible y carcajeante, luminosa. 
  —¡Usted siempre con sus locuras y sarcasmos, Don Samuel, no cambia! —siguió riendo.
  No se cansaba de mirarlo, con los ojos llorosos:
  —¿Y qué fue del francés de marras, ah...? ¡Termine el cuento, hombre, por Dios! 
                   

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