“Quieras o no —dijo, con voz pastosa—, al llegar a esa curva, cuando divisas ya tus últimos crepúsculos, hay que tratar de hacer cuentas... Sólo puedo exhibir, como en una aburrida subasta extemporánea, algunos libros ajenos, y otros propios... No atesoré riquezas en mis andariegos paseos. Jamás pude aprender a apreciar el dinero. No entendí nunca (aún hoy) para qué sirve, excepto para maquillar tu alma” —y suspiró profundamente, pero hablaba sin amargura. El ocaso nos iba arropando como un cálido abrazo. 
Volvió a decir, tras el largo silencio: “A mis hijos lego un rosario de enigmas escondidos entre las hojas de mis libros, para que puedan inventar sus propias incertidumbres”.
Luego me miró, sonrió y dijo: “Quizá una rosa marchita entre las páginas de un poemario no sea sino una arruga del tiempo”...
Yo lo observé, pero no sonreí.
(Yanko Durán, 25/04/10)
Post a Comment